viernes, mayo 8 2026

La política en foco

Santa Fe y Rosario. Dos ciudades -que junto a los conglomerados que las rodean- concentran casi dos tercios de población de la provincia. Con estilos y perfiles diferentes en varias áreas, ambas tienen un denominador común: la inseguridad que las afecta. Riñas, robos, asaltos, arrebatos, escruches, amenazas y otras figuras delictivas más, son cuestiones cotidianas que no alarman más allá de la angustia con la que cada vecino asume estos hechos.

Guillermo Dozo
redaccion@miradorprovincial.com

Pero este enero de 2020 comenzó con una seguidilla de crímenes que provoca alarma. Más aún cuando se observa que la gran mayoría está cometido de un modo prácticamente idéntico: la víctima en su casa, o caminando por las calles de su barrio es interceptada por dos personas en moto que -sin mediar palabra- descerrajan una gran cantidad de balas sobre su objetivo. No hay robo ni, al parecer, motivo.

Además hay que contabilizar una enorme cantidad de heridos de bala, por caso, que llegan a los hospitales de urgencia con un impacto en una pierna (lo más habitual) o en un brazo.

Generalmente son situaciones no tan graves que ameritan que en pocas horas puedan ser dados de alta porque no hay riesgo sobre las personas. Pero también hay elementos comunes: no fueron asaltadas, ni robadas. Tampoco quieren hablar sobre cómo fueron los hechos y solamente se limitan a describir que fueron víctimas del ataque de un desconocido que descerrajó plomo sobre sus humanidades.

¿Casualidad? No parece. Más bien se acerca a un lenguaje que ha ido ganando en enorme espacio en las calles de Santa Fe y de Rosario -pero que en verdad es un flagelo en toda la geografía provincial- y es el circuito de la droga. Venta, compra y distribución. Muchas veces, en algún punto hay un problema y para resolverlo se recurre a las armas. Será un disparo en la pierna o una lluvia de balas para terminar con una vida. Pero son los mensajes que en este submundo son comprendidos con claridad. De la advertencia a la conclusión. “Fijate en qué lugar estás parado”, parece ser el mensaje.

Santa Fe y Rosario. Dos ciudades que tienen una belleza natural que las rodea. El Paraná las visita y las hace beneficiarias de un gran movimiento de personas. Hay trabajo, se genera riqueza y se logró que el turismo sea una opción para quienes pretenden disfrutar de río, gastronomía y espectáculos, por ejemplo.

Pero también tienen barrios que son muy parecidos. Algunos con una lógica propia y alejada de cualquier referencia de trato, de modos y de interacciones que son comunes “en el centro”. Rufianismo, marginalidad, violencia y “códigos de convivencia” que la gran mayoría de los santafesinos desconoce. Y dentro de ellos, en el corazón, se percibe el latido de la droga, de los dealers y sus “soldaditos”, de los bunkers y los kioscos. Todos saben dónde están y cómo funcionan. Y quienes distribuyen en una escala un poco superior, si son astutos, logran un gran reconocimiento de los vecinos porque “ayudan al club” del barrio o son emprendedores comerciales que generan algunos puestos de trabajo.

En estas ciudades están estos “barones” de la droga que funcionan en pasillos donde, al final y luego de sortear los retenes con los “soldaditos”, se puede llegar hasta las habitaciones donde se realiza la “transa”. Allí corre dinero en efectivo, en gran cantidad y droga en la misma proporción. Allí no hay problemas de inseguridad, no hay robos, se está bajo custodia permanente. La plata no se guarda en una caja fuerte sino en una de cartón que reza “Aceite Cocinero”. Que se apila con las otras. Eso sí, se trabaja todo el día y hay que dar respuestas.

Santa Fe y Rosario. Fueron 34 crímenes en enero de 2020. Muchos llevan una marca, exhiben un sistema, hablan de una realidad. Entre los investigadores no caben dudas. Se sabe de dónde provienen los ataques. Pero se necesita una logística, criterio y órdenes bien dadas, precisas, para poder golpear “donde duele” y desbaratar lo que está fuertemente estructurado. Y no es solamente una cuestión barrial, porque a modo de ejemplo, lo que se gesta en un kiosco termina como una enorme inversión inmobiliaria que deja boquiabierto al desprevenido. Como que, también, los consumidores están en todos lados, en todos los ámbitos, sin exclusión alguna.

Hay en la provincia una nueva gestión en materia de Seguridad y una promesa de “Paz y orden”. Hay mucho por delante. Poco o nada se puede hacer cuando la violencia aparece de repente en una reunión o en una peña de amigos o en el seno de una familia. Mucho más se puede hacer cuando se trata de hechos de violencia de género que pueden concluir en femicidio. Pero la gran batalla es la otra, la que debe darse desde al bunker al inversor. Un reto enorme que debe empezar por Santa Fe y Rosario.

En el corazón de algunos barrios se percibe el latido de la droga, de los dealers y sus “soldaditos”, de los bunkers y los kioscos. Todos saben dónde están y cómo funcionan. Y quienes distribuyen en una escala un poco superior, si son astutos, logran un gran reconocimiento de los vecinos porque “ayudan al club” del barrio o son emprendedores comerciales que generan algunos puestos de trabajo.

Santa Fe y Rosario. Fueron 34 crímenes en enero de 2020. Muchos llevan una marca, exhiben un sistema, hablan de una realidad. Entre los investigadores no caben dudas. Se sabe de dónde provienen los ataques. Pero se necesita una logística, criterio y órdenes bien dadas, precisas, para poder golpear “donde duele” y desbaratar lo que está fuertemente estructurado.


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