La producción, el ambiente, la vida
Así como consideran valioso al fallo del STJ que confirmó medidas preventivas para que las fumigaciones con agroquímicos no afecten el derecho a la salud de quienes concurren a las escuelas rurales, los integrantes del Foro Ecologista de Paraná lamentan que el gobierno provincial intente llegar con el caso ante la Corte Suprema. El diálogo con Mirador Entre Ríos sirvió para repasar la agenda ambiental, repleta de desafíos.
Mirador Entre Ríos
redacción-er@miradorprovincial.com
“Hoy en día, los agrotóxicos y los residuos sólidos urbanos son dos de las problemáticas socioambientales más severas que siguen sin poder resolverse, pese al enorme impacto humano y sobre el hábitat que producen”, dicen Lucía Ibarra Bouzada y Adriana Rodríguez, del Foro Ecologista de Paraná. Antes, se habían asomado y confirmado a periodista y fotógrafo que la casa familiar con rejas, sobre calle Santiago del Estero, en la que estaban tocando timbre era la indicada para la entrevista. Hechas las presentaciones de rigor, recorrieron los ambientes hasta llegar a una especie de comedor. Desde la ventana, lucía esplendoroso un patio de los de antes, con piso de mosaico. Probablemente, la mesita y sillones de estructura metálica dispuestos en el centro geométrico hayan sido testigos de innumerables ruedas de mate. Luego, para la sesión de imágenes, el equipo periodístico quedará maravillado con la vegetación existente en ese espacio a cielo abierto, con planteras que ya tienen sus años, y que le daban un toque vintage al entorno.
“Por suerte, se logró frenar la instalación de termas en Paraná, lo que hubiera perjudicado al recurso agua”, aportan, mientras el reportero gráfico hace encuadra, hace foco y dispara. “Entre Ríos fue la primera provincia en sancionar una ley que prohíbe la extracción de hidrocarburos por fracking”, dirán luego, el pie de una escalera, mientras buscaban con la mirada una cámara que las retrataba.
Pero la parte medular del diálogo tendrá lugar en torno a una mesa rectangular, de madera, en una tarde húmeda, antes de que el Foro, junto a ciudadanos autoconvocados, participen de la Ronda de los Martes, una marcha con velas que se realiza en torno a la Casa de Gobierno.
“En el caso del proyecto de represa del Paraná Medio, se logró revertir una decisión que estaba tomada en base a la participación decidida de la sociedad; pero con otros temas, la gente puede estar de acuerdo, como sucede con los agrotóxicos, aunque no acompañe activamente, con su presencia”, reflexionan.
Las entrevistadas son personas corrientes, sujetas a las preocupaciones habituales de cualquier otro residente en la ciudad capital, azoradas por los aumentos constantes en los servicios, inquietas porque la noción de futuro se esfuma en la perspectiva de los más jóvenes. La diferencia es que, además, se hacen un espacio para militar por otro mundo, que creen posible.
“Al menos desde 2013 el Foro viene trabajando contra los agrotóxicos, pero recién este año se están empezando a ver los frutos”, señalan.
No lo dicen expresamente, pero está claro que les gustaría que el acompañamiento de la Ronda de los Martes fuere más numerosa. Prefieren pensar que la gente está inmersa en sus problemas y que se queda tranquila cuando ve que hay sectores que están vigilantes, pero está claro que muchas veces el factor “cantidad” hace a la “calidad” de la presión.
–¿Por qué cuesta convocar contra los agroquímicos? ¿Puede que se piense que es un problema del campo, no de la ciudad?
–Muchos creen que no es algo que les afecte porque supuestamente se desarrolla en la zona rural y a ese entorno se circunscribe. Pero no es así: los alimentos que consumimos y los cursos de agua de donde se toma el recurso que llega a nuestras casas, tienen plaguicidas en distinto nivel de concentración. Y, al corto, mediano o largo plazo, nos afectan. No podemos permanecer ajenos: hay restos de veneno en el aire, en el agua, en el suelo.
Es probable que veamos más nítidamente aquellos problemas que irrumpen de golpe, una intoxicación por ejemplo; y estemos menos atentos a estos otros, que van produciendo daño por goteo, casi sin que nos demos cuenta, pero que sin dudas enferman y matan.
Igual, sentimos el apoyo de muchos y, juntos, intentamos que sea escuchada la parte de la población que no quiere ser envenenada.
–¿Y qué opinan de la decisión del gobierno provincial de recurrir a la Corte Suprema de Justicia ante el fallo del STJ que confirma distancias mínimas para fumigar cerca de escuelas?
–La ratificación del fallo por parte del STJ fue muy importante porque privilegió la salud de los niños y docentes por sobre los intereses economicistas de quienes no tienen inconveniente en intoxicarlos con determinados métodos de fumigación.
Así las cosas, la apelación de parte del Gobierno es lamentable. Y cada vez se les va a hacer más difícil ampararse en sus argumentos, según lo cuales no hay evidencia científica del daño. Algunas personas nos echan la culpa a nosotros, pero no ven que crece y crece el número de personas que experimenta en carne propia los problemas.
El mismo fallo repara en que hay distancias que protegen a la producción avícola, pero parece que los chicos no tienen ese mismo derecho. Nos comentan que, en el colmo de lo imaginable, ha habido amenazas de productores a docentes y directivos de escuelas denunciantes o han asegurado que dejarán sin trabajo a los padres que manden sus hijos a estudiar y que no pararán hasta que la escuela cierre. Un despropósito.
Alternativas
–¿Se puede producir de otra forma?
–Si uno los escucha a ellos pareciera que no se puede producir alimentos sin veneno, pero no es verdad. La agricultura y la ganadería son prácticas ancestrales y esta manera de hacerlo a partir de agrotóxicos es más bien reciente. Mientras tanto, los niños, jóvenes y adultos que aparecen con síntomas de intoxicación parecen no tener relevancia para nadie.
Curiosamente los que defienden los agrotóxicos, son los que no fueron a las jornadas de socialización de saberes que se hicieron este año en la Cámara de Diputados. Y esa falta de sustento técnico se nota claramente en sus intervenciones.
Aquella vez asistieron investigadores del Conicet, ingenieros agrónomos con experiencia en ganadería y agroecología a gran escala y periodistas especializados: por lo menos podrían ver qué se dijo en Youtube, porque se subieron aquellos videos.
Ahora, nadie dice que no hay que producir, lo que se indica es que hay que hacerlo de un modo que no afecte a las personas. Y, aún si existieran dudas, corresponde que se aplique el principio precautorio porque la salud es un bien que debe preservarse por encima de cualquier otro interés.
–Disculpen la insistencia, ¿se puede producir alimentos de otra manera?
–Nosotros pedimos que se produzcan alimentos, pero sin veneno. Y, para los que quieran seguir envenenando de manera legal, exigimos que guarden cierta distancia de las escuelas. Esa separación no es caprichosa. Es indicada en papers por especialistas en genotoxicidad en niños: 1.000 metros si la fumigación es terrestre y 3.000 metros si es aérea.
Los dueños del negocio nos quisieron convencer, desde el principio, que la aplicación de tecnologías como la siembra directa y la nutrición química y biológica, el correcto uso de biocidas (herbicidas, insecticidas y fungicidas) y la utilización de semillas genéticamente modificadas, combinadas con un marco de bioseguridad y la decisión de los productores de aprovechar técnicas innovadoras, facilitarían a los países como el nuestro reducir el impacto ambiental del cultivo de soja.
También se dijo que el glifosato tenía una baja toxicidad para peces, aves, mamíferos e invertebrados, que era baja también la persistencia en los suelos y en las plantas. Sin embargo, existen estudios científicos que muestran efectos perjudiciales del glifosato sobre la ecología o mamíferos. Y esto es irrebatible: mentían desde un primer momento, su aplicación no es inocua, afecta la tierra y a las napas de agua y la deriva contamina lo que toca.
No ven que el negocio de las multinacionales -del que el productor participa mínimamente, aunque asume el grueso de los riesgos- ha montado un círculo vicioso y que no salir de él provoca muerte y enfermedad. Es una especie de adicción: saben que hace mal, pero buscan justificativos banales para engañarse y seguir consumiendo.
–Esa propuesta de producir alimentos sanos, ¿es aplicable a grandes superficies?
–Naturalmente. En el Congreso de alimentación sana, segura y soberana, que recientemente se hizo en Gualeguaychú, el ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, experto en agroecología, mencionó que ya hay 70.000 hectáreas produciendo de otra manera, a tono con los ritmos de la tierra y los climas; trabajando con ella, no contra ella y el entorno.
En ese sentido, lo decimos con tristeza, vemos que el campo académico y el campo profesional está dispuesto a dialogar en los términos de las multinacionales, que pagan eventos, congresos, capacitaciones en distintas partes del mundo y financian investigaciones; pero esa apertura hacia ellos, esa actitud a considerar lo que los poderosos plantean y, en muchos casos, a repetirlo como robots, irreflexivamente, se convierte en una cerrazón absoluta ante nuestra postura, que no la consideran de ninguna manera pese a la evidencia de los riesgos que ellos asumen multiplicar.
Acá ha habido un fraude científico que lleva 35 años sosteniéndose, pero esa careta está cayendo, lamentablemente a un altísimo costo.
Bolsitas comunes
–¿Existe una matriz cultural que vincule el problema de los pesticidas con el de los residuos sólidos urbanos?
–Creemos que sí. Los ciudadanos nos hemos acostumbrado a que otro resuelva los problemas que generamos: produzco basura pero cuando dejo la bolsa en el contenedor termina mi parte y toda la responsabilidad es del municipio; siembro y fumigo para aumentar la producción y ganar más dinero: si aparece algún inconveniente colateral (contaminación de cursos de agua, degradación en la capacidad de absorción de humedad del suelo, enfermedades en comunidades humanas cercanas, sumisión al monocultivo, desforestación y destrucción del monte nativo, afectación de la vida en mamíferos e invertebrados), que se haga cargo el Estado o que el otro pague los platos rotos.
–¿Pero la naturaleza no tiene la capacidad de absorber estas agresiones?
–El ambiente es dinámico y nos integra. No es cerrado. No estamos fuera del ambiente: somos parte de él. Muchos creen que no nos llegarán jamás los daños que le hacemos a la naturaleza. Y está demostrado que no es así: no nos podemos escapar de lo que hacemos o dejamos de hacer.
–Los planes para regionalizar el territorio provincial y disponer de rellenos sanitarios, ¿ayuda a fomentar una mayor conciencia ambiental?
–No vemos cómo. Lo único claro es que, por ejemplo, un relleno que sepulte la basura producida en Paraná, Oro Verde, San Benito y Colonia Avellaneda puede fortalecer la idea equivocada de que quienes la producimos no tenemos nada que ver con el asunto, que ahora además se tratará lejos.
El proyecto tiene varios riesgos. En principio, corre el eje hacia la disposición final y no está claro cómo es que inducirá a que produzcamos menos basura, que es el grave problema de fondo. Además, en el imaginario, puede construir la fantasía de que ya no tenemos el problema, que está lejos, bajo tierra, que es invisible, que es como empezó a edificarse el infierno que hoy es el Volcadero.
El fallo de California
En agosto pasado, un jardinero californiano ganó una demanda de casi 300 millones de dólares contra Monsanto, el gigante agroquímico que fue adquirido por Bayer meses antes. Dewayne Johnson contrajo cáncer y, según el tribunal de San Francisco, fue por la aplicación del Round Up, un potente herbicida que es ampliamente utilizado en la Argentina.
Los signos del cáncer aparecieron en el cuerpo de Johnson en forma de sarpullido, cuando tenía 42 años. El jardinero aplicaba Roundup y Ranger Pro, de la compañía Monsanto, 30 veces al año en 2012 en escuelas de Benicia, al norte de San Francisco y contrajo un linfoma incurable.
Johnson comenzó su demanda en 2015 y en su fallo del 17 de agosto, el tribunal superior de San Francisco consideró que Monsanto conocía los peligros que provocaba la aplicación del herbicida y engañó deliberadamente a sus usuarios.
Brent Wisner, uno de los abogados de Johnson, dijo en un comunicado que los jurados por primera vez habían visto documentos internos de la compañía “que demostraban que Monsanto sabía desde hacía décadas que el glifosato, y específicamente Roundup, podrían causar cáncer”.
Después de anunciar que apelarían el veredicto, desde la empresa aseguraron que los productos son seguros. “Sobre la base de las conclusiones científicas, las opiniones de las autoridades reguladoras en todo el mundo y la experiencia práctica de décadas usando glifosato, Bayer está convencido de que el glifosato es seguro y no causa cáncer”, le dijo un portavoz de Bayer a la agencia de noticias AFP.
Agroecología y Agricultura Familiar
La agroecología es una disciplina científica, un conjunto de prácticas y un movimiento social. Como ciencia, estudia cómo los diferentes componentes del agroecosistema interactúan. Como un conjunto de prácticas, busca sistemas agrícolas sostenibles que optimizan y estabilizan la producción. Como movimiento social, persigue papeles multifuncionales para la agricultura, promueve la justicia social, nutre la identidad y la cultura, y refuerza la viabilidad económica de las zonas rurales.
Mientras la agricultura transgénica expulsa a las familias del campo porque, de hecho, genera muy baja mano de obra y produce una riqueza que no se distribuye sino que se concentra; la agroecología las arraiga y permite desarrollos demográficos más armónicos.
Es curioso escuchar a fervientes creyentes en explotaciones rurales donde prácticamente no hay gente, quejarse de los gastos sociales que se producen en alguna medida por el asentamiento en los bordes de las ciudades de aquellos que previamente fueron expulsados del campo: tiran la piedra y rezongan si alguien quiere reparar el vidrio.





















